Mariano Martin

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El autor ha vivido sus primeros años en Puertollano. Desde entonces ha pasado mucho tiempo y ahora, con la historia congelada en el recuerdo, algo se abre en su interior que supura nostalgia; algo la ha revivido, no sé, puede ser una palabra, una foto, algún encuentro con la gente de antaño que ahora vive lejos; se detiene en unos cuadros sin movimiento a contemplar las calles donde estaba su infancia, sintiendo prosa poética en la tierra donde están sus mocedades. Ahora emprende un viaje íntimo como si la mente le llevara de recuerdo en recuerdo más que de calle en calle; los recuerdos saltan sobre las calles y se cruzan y se mezclan, enredándose a su antojo, adosando caprichosamente cosas y casas que están a kilómetros de distancia.
El pueblo está tendido entre dos cerros. El vientre de la tormenta ruge con sus truenos, el niño convalece, asustado, con la frente abrasada por la fiebre bajo la mirada atenta de su padre, y llega su madre con los paños mojados. Los truenos se le antojan llamaradas de infierno, calderas de la fábrica, las calderas de Pedro Botero. De repente el niño tiene ya siete años. Está en el rincón de su calle bajo la lluvia encendiendo cerillas, mirándolas arder mientras arden los rayos y los relámpagos.
Y luego aparece don Juan Antonio. El maestro querido, el más bueno, aquel que dejó su huella en las regiones más tiernas de mi alma; que aún late aquí muy dentro y vive como un aliento, doloroso casi, porque supo enseñarme el amor al estudio y el sentimiento de los hombres recios: que pueden ser tiernos, pero no son blandos. Y luego vino don Alfredo, mi profesor de griego, que estaba enamorado de Grecia y me enseñó que se puede ser culto sin dejar de ser de pueblo, y no pasa nada.
Las pocitas. El paseo de matojos calcinados y de jaulas inhumanas donde agonizaban los lobos presos, solitarios. La plazoleta. Y estaban las seiscientas, las cucarachas que pisábamos, el árbol de la cigarra, el tedio de la siesta, estaban la chimenea Cuadrá y el tiempo del hornazo; y allá a lo lejos, con su remota flecha, la chimenea tapada con una llama; y el olor de los gases, la presencia de la fábrica, los grises tomando el pueblo, la gente agolpada entre las casas, la policía montada a caballo, don Esaú, el paseo, el instituto, la Virgen de Gracia.
La música. La música de los jóvenes, que vinieron tiempos de guateques y estaba la feria, la luz de mayo; y la otra feria de septiembre y el paseo con sus flores, el pabellón de la música, la fuente agria y la temible casa de baños. Y más lejos el gran teatro, las palabras metidas en los libros, allí, en la biblioteca, y la niña que hablaba con su padre y por las Seiscientas Nueve, pasando los Salesianos, el campo de fútbol y el cementerio. Por la noche se parecían las luces al camino de Santiago, como si llevara a la basílica y en el fondo eran… eran las luces de la fábrica; aquellas que veíamos por el tren viniendo de Ciudad Real, las que anunciaban la llegada del pueblo, las luces de Puertollano.
Todo eso era mi pueblo. Y ahora se despierta como una ola abatiéndose sobre mí, como un vendaval, como una marea. El penúltimo capítulo es, de todos, el más largo; de él emerge en esa visión íntima una poética del sentimiento, que puede nacer adosada, y no nos damos cuenta, a una estética de la suciedad: el último es ahora como si el pueblo tuviera su apóstol, las luces de Puertollano: con su resplandor, tenue y sucio, llamándonos sin voz, voces de la lejanía que nos llaman titilando como si fueran la Vía Láctea: como si también su tiempo fuera, para nosotros, el camino de Santiago.